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Podemos entender la cooperación internacional como muchas cosas. Desde un enfoque práctico (y, podemos decir, muchas veces ingenuo) la cooperación internacional es un mecanismo de solidaridad o ayuda voluntaria de un país o institución a otro. Es una definición que nos da certeza, nos da tranquilidad, ya que es simplemente eso: un mecanismo de ayuda de un país a otro.

Ahora, la cosa se empieza a complicar desde el minuto uno. ¿Porqué? Porque le agregamos otros adjetivos o descriptores, entendiendo a la cooperación como un mecanismo de ayuda humanitaria de un país desarrollado hacia un país pobre o en conflicto.

Y usted, lector ajeno a este mundillo dirá, ¿qué problema hay en esto? La respuesta para los que sí vivimos esto desde adentro es, muchos. Para empezar, la visión de la cooperación como ayuda desde un país desarrollado a otro ‘en vías de desarrollo’ (eufemismo catedrático para no herir susceptibilidades y no decir otras cosas; si un país está en vías de desarrollo desde su independencia hace 200 años deberíamos cambiar la mirada) nos da ya una mirada distinta, a saber: 

  • En el mejor de los casos, el país desarrollado da cooperación técnica, es decir, busca generar capacidades. Esto también nos da tranquilidad, hasta que entendemos que se capacita al capital humano local en capacidades que no pueden aplicar por no contar con la maquinaria o recursos para implementar esos conocimientos. Y ahí viene la trampa: el país cooperante ofrece en el acuerdo la venta de determinada maquinaria o insumos que no se producen en el país receptor. O sea: no es cooperación técnica, es penetración de mercado. Hay miles de ejemplos, desde créditos con tasas blandas para exportar motos para generar trabajo (y que terminan endeudando en forma directa a los ciudadanos del país receptor), desde créditos para adquirir maquinaria agrícola, lo cual puede disrumpir y hasta afectar prácticas agrícolas tradicionales.
  • En el otro extremo, está la ayuda humanitaria, es decir, doy pescado, no enseño a pescar (lógica que como vimos en el caso de la cooperación técnica tampoco es tan así en la práctica, te enseño a pescar pero debes comprar mi caña de pescar). Y acá abundan los ejemplos. El ejemplo práctico más escandaloso fue la entrega de toneladas de arroz por parte del gobierno de Estados Unidos a un gobierno arrasado como el de Haití en el contexto post terremoto de 2010. Ustedes dirán, pero ¿de qué se quejan si la gente se moría de hambre? Error. Haití cuenta con una superficie cultivable suficiente para satisfacer su demanda interna, pero al traer arroz en forma de donación, lo que hizo fue nada más que introducir un producto en forma casi gratuita que terminó destruyendo la industria local, dejando a muchos agricultores en una situación de desprotección enorme y, vaya ironía, dependiente del arroz americano al no poder vender su arroz producido localmente en la plaza nacional. Todo terminó con Bill Clinton disculpándose públicamente por haber inundado el mercado haitiano con arroz de Arkansas, como si hubiera sido un error de cálculo y no otra práctica de penetración de mercado.

¿Hay luz al final del camino?¿Hay esperanza de cambio? Sí y no. Sí, en cuanto surjan líderes de los países receptores y denuncien estos mecanismos. Sí, en cuanto haya organizaciones protectoras de derechos humanos y de líderes que los apoyen y protejan. No habrá esperanza si no descolonizamos la mirada de la cooperación internacional, si seguimos pensando en términos de desarrollados y pobres, sino exigimos transparencia a nuestros gobiernos y agencias internacionales. Es un largo camino a transitar, pero el primer paso es generar conciencia sobre esta situación, y generar presión a los tomadores de decisiones en nuestros gobiernos.

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Martín Lassalle

De Buenos Aires. Nómade apasionado del aire libre, la cooperación internacional y las milanesas con puré.

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